Atrás quedaba ya su afición a los belenes, la ilusión por la Navidad. Atrás había quedado aquel espejismo de lo que era la reunión, la alegría, la familia. A él le gustaba bromear diciendo que lo que le pasaba era que estaba enfadado con Dios, y que protestaba de aquella forma. Como una ausencia, como un vacío, donde año tras año, hasta entonces, había preparado las figuras con antelación, y cuidadosamente iba colocando aquella ruta, aquel entorno, aquel paisaje, con todo detalle, para acabar festejando con una buena nevada un año más el decorado.
Habían pasado ya años desde que el fantasma se había desvanecido. Coleccionaba motivos, sospechaba de cada indicio, había aprendido que cada día era un día menos. Fue entonces aquel momento el que precedió a otro más largo y tortuoso, irregular, en que él conocería las partes más oscuras de la existencia. La soledad, la enfermedad y la muerte.
Aquella mañana, aquel veinticuatro, se había levantado con la ilusión navideña que a día de hoy no había logrado recuperar para su existencia, y completamente ignorante de que la última vez que las cosas serían como él siempre las había conocido, había sido ya el año anterior.
Desde entonces, por estas fechas, el vacío representa los últimos momentos de felicidad plena que probablemente recuerde.
lunes, 24 de diciembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario