En esta parroquia nuestra que es León, y seguramente en cualquiera otra que la pueblen cincuenta, cien mil o cinco millones de paisanos y paisanas, en aquel tiempo se estableció como institución el poder del cacique, la boina calada, la milana bonita y el más absoluto descaro. Resulta condenable e intolerable el uso y gestión de los espacios públicos de la ciudad -de los que van quedando de esa condena atroz que es el aznarlopezismo- como si fueran bienes privados de aquel cuyo poder fue otorgado democráticamente, cuyo poder se antoja caduco de antemano, el cual no usa la legitimidad prestada responsablemente, y elige a sus gestores a conveniencia, les permite perpetuarse en el cargo incluso por más tiempo del que él podría ocupar su propio cargo, cuando precisamente lo recomendable en una institución, de tipo que sea, es lo contrario. Es decir, un asalto a mano armada.
Auditorios o museos donde el director es elegido en algún caso de forma vitalicia -incurriendo así en una provinciana barbaridad- o la elección de emplazamientos equivocados para espectáculos muy dignos -incurriendo en un elitismo insoportable- , y sobretodo, un escandaloso tráfico de influencias entre cargos políticos y no políticos, que resulta en términos democráticos mucho peor.
De esta forma, no es un secreto que la feligresía leonesa encuentre estos tratos allá donde vaya, los conozca. Resulta vergonzoso que al tiempo en que uno escribe estas pobres líneas se programe en el Auditorio Ángel Barja, de titularidad provincial, un concierto de la Banda de Juventudes Musicales- Universidad de León para el sábado 22 de Diciembre, después de diez años de ausencia deliberada en dicho recinto público, que probablemente podría deberse a la espigada y cerril mediocridad de quien lo regentaba antes del traspaso del centro docente que lo alberga a la Junta de Castilla y León. Se trata sólo de un ejemplo más, y como ciudadanos deberíamos reivindicar más control sobre este tipo de maniobras de ayer, de hoy y de siempre, y de una vez por todfas formar una unánime respuesta ciudadana ante lo que es, a mi juicio y por el carácter extrapolable a otros ámbitos de la gestión pública, uno de los males endémicos más perniciosos de nuestra confusa sociedad.
Y menos tonterías, claro.


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