
Entre nosotros. Que si, que puede ser posible. Que a uno le gusta discutir, contrariar al personal, que encuentra en ello una gran fuente de ingresos culturalmente hablando, y además, se deleita cuando percibe que controla al otro, que le manipula, que le provoca. Ya son muchos años. Así que esta vez, la cosa va de maestros, con maestros. Entre maestros.
¿La tesis? Gira en torno a esa creencia, de siempre, que me dicta que individualmente alguno hay abordable, quizá bastantes. Pero como colectivo, me han parecido siempre unos imbéciles, dentro y fuera del aula. Así, abiertamente. Y que si, que cosas tales no se pueden mentar, y es casi pecado dirigir una pobre cavilación en ese sentido, y más con la que está cayendo... Y convencido además que cae, entre otras cosas precisamente por eso. Pero oigan, no confundamos las cosas; y que no cunda el pánico: No son los primeros a los que se lo espeto, ni serán los últimos.
La cuestión es que desconozco el por qué de mi parecer, las razones reales y la medida, porque las impresiones han calado en mí desde que inicié aquel proceso consistente en darle la razón a un tipo que probablemente la tenía, o no. Llevo años observando maestros y profesores de todos los niveles, en muchos casos - en la mayoría- adaptándome a sus rarezas, sus comportamientos y sus flagrantes mediocridades, dándoles lo que dicen necesitar con desaire, como quien saca a pasear el perro. Lo que les digo, unos imbéciles. Anda, y que te den por culo, gilipollas. Lo son, porque muchos no fueron capaces de percibir que el alumno, complaciéndole sin ganas, realmente controlaba la situación y no al revés. Y fíjense, que aún no he dejado esa cosa de ser algo parecido a un alumno, sólo parecido y de trato muy difícil, lo cual es cierto que te mantiene en un estado infantiloide que se prolonga en el tiempo más de lo conveniente.
Sospecho que tal planteamiento nace de la observación, y después de la conjunción de la práctica y la teoría, para acabar en el ideal probablemente. Hablando más de los que de mi educación formal se ocuparon, de algunos de ellos diré, y no en su favor, que creyeron que me educaban. Me hubiera conformado con que no hubieran hecho más daño que otra cosa. Ahora no me serían completamente indiferentes, prescindibles, e incluso permanecerían en mi memoria. Otros me hablaron de lo que les parecía, y aprendí mucho de pesca. Teniendo en cuenta que no sé pescar, ni me interesa, aprendí que aquellos tipos al menos daño no hicieron, y que resulta mucho mejor para el individuo, para el educando, que le hablen de pesca, que ocasionarle un agravio. A estos le estoy agradecido, porque no le pusieron a uno al borde del abismo; no me alejaron de la escuela demasiado. Visto así, comprenderán que no es despreciable la consideración.
Sin embargo, el centro de mi conversación con tintes dramáticos, recaía en la insolente arbitrariedad del hacer diario del maestro de hoy, y sus repercusiones. Lamento que la duda no sea lo más común entre el gremio, porque quien sabe que puede hacer daño, mide. Quien no es consciente, probablemente lo haga. Y oigame, eso debe usted hacérselo mirar, hombre... Al menos dude!
En cualquier caso, discutir con maestros sobre educación es siempre intentar llenar un saco roto. Un saco que otros han roto, probablemente. Y que ellos no se han preocupado de coser, entretenidos, probablemente, en esa fatal maquinaria del funcionariado, los traslados, la compra de titulitos oficiales de medio pelo para medrar el otro medio, y otras mamarrachadas que nada tienen que ver con el fin último de su cometido en este berenjenal de guiar los pasos del infante o el púber. Ni si quiera se sabe ya, desde arriba, hacia dónde queremos llevar al ciudadano que, de momento, bebe de lo correcto. Por no hablar de los que para la iniciativa privada se desloman, derechos como velas, meapilas de vocación o no, y otros desgraciados cuya alienación máxima han alcanzado justificando y defendiendo la infamia social que les alberga. Tampoco eso les gusta escuchar. Siempre tan pendientes de sí mismos. Recreándose en magistrales ideas, siempre propias, con esa egolatría insoportable, y preparando sus clases para volver a caer en los mismos errores que cometieron con ellos mismos, las mismas gazmoñerías, y los mismos planteamientos estúpidos que siempre oí, y que ahora repiten aquellos que a mí se asemejan. Porque de aprendizajes y prácticas heredadas la enseñanza actual tiene bastante, y mucho más si uno se descuida.
He de reconocer, que con respecto a ese criterio, el mío propio, y asentado en él llevo las de perder. Enfangados en este tumulto, el de la brillantez del alumno -pero no del maestro- del cuestionable expediente -y esto daría para hablar mucho-, y de la cultura del esfuerzo que propugnan esos caraduras que tan próximos a aquel Arbeit macht frei -que reinaba dantesco sobre Oswiecim, después de que aquel hijo de la gran puta decidiera cambiarle el nombre por Auschwitz-, no tengo nada que hacer. A día de hoy, nadie me ha preguntado quienes fueron mis maestros. Ni me interesó complacerles más allá de lo estrictamente necesario. Ni siquiera nadie ha cuestionado que, por mandato administrativo, quién se ocupó de mí fuera comparable a quien se ocupó de usted, o de su vecino. Y eso marca la diferencia entre ambos. En tal caso, ¿Qué puede hacer uno? Como mucho, intentar rehacer su vida después de la academia, y como dijo Gabo, reanudar su educación después de la escuela e intentar recuperar las dosis de creatividad y de divergencia con la que nací.
Con todas estas ideas, comprenderán que es difícil entablar discusión en un pasillo, a última hora de la tarde sobre el alcance real de todas y cada una de las prácticas profesionales que uno pone en práctica, con ellos mismos. Entre nosotros.
1 comentario:
No puedo entender como siendo los niños tan inteligentes, pueden ser los adultos tan estúpidos. Debe ser cosa de la educación.
Alexandre Dumas, hijo.
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