martes, 8 de enero de 2008

Sin título

Están aquellas tierras que me vieron crecer revueltas. Nada que ver. El que a hierro mata, a hierro puede morir, como mortal que es. Y si puede morir, morirá, dice Murphy, el pesimista. Y anda revuelta porque brillos mortales despuntan al alba. Esta legión de imbéciles, estos tontines que no resultan ser más que el cohorte generacional inmediatamente posterior al mío que diría alguno, y que está separado del mío por noséqué y ojalálosupiera, anda a la gresca, con palo y cuchillo, por un quítate pa'llá que me se ve el plumero. Chacho. Porque complejo de kinkis, tampoco nos falta.
El cuadro se perfila común, mucho más de lo que se cree. Amanecer, litros del alcohol, y cada vez más de esas colombianas que a uno le ponen locuaz y vivo, y que desde hace tiempo ya, son la sensación. Y entonces sobreviene la pelea. ¿Por qué? No sé. -¿Pero usted cree que estamos para razonar? 'Amos, anda-. Ahí es cuando el gallito remata certero. Sin miramientos. Apunta y falla, pero no del todo. Fatal instinto le gobierna. Desinhibido, fuera de sí. Tan real como lo que sucede. Después, viene la huida, el revuelo. En los mentideros, se habla de aquella espontánea Fuenteovejuna que cargada de piedras, palos y guadañas se personan en casa del joven espadachín para administrar la verdadera justicia, la castiza, la de aquí.
Dos historias confluyen el un punto. Es ahí donde, al parecer, el pueblo levantado en armas, los jóvenes justicieros y, sobretodo, lúcidos, y los agentes de aquel benemérito instituto desembocan en el centro de la cuestión. Y se produce el desenlace. Unos piden justicia. Que pague. Otros advierten que ha pagado. Con la vida, con la propia.
Y esta vez aquella familia -conocida de la familia- se perfila de padre noblote, madre trabajadora, del campo, del ganado. Gente humilde, agradable. De fiar. Desgraciados al fin, después de la confusión. Terriblemente desgraciados con el muchacho. Les supongo abatidos, terriblemente inquietos estarán por aquel fracaso. Terriblemente culpables para siempre de ese final, de esa incapacidad, de ese tanto trabajar, de ay este chico. Terriblemente acabados
sin merecerlo.
Entretanto, todo se disuelve y mañana habrá más. Tengan seguridad de ello.
El humo de este cigarro ya se me acaba, sentado en mi sofá y lamentando no conocer quién obró el milagro de apartarme de ese camino, de esa cuerda floja, de ese resbalón, de esta especie que ya de joven alcanza la autodestrucción propia y la de los demás sin saberlo.
De cuál es el camino, y con la sombra de la duda sobre cuál elegiría hoy y, sobretodo, qué me llevaría a hacerlo.

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