
Me encontraba con la respiración contenida desde hacía demasiados días, meses quizá, y muy preocupado por si el oxígeno que llegaba a mi cerebro sería el suficiente como para no ocasionarle más daño aún, y hoy, por fin, uno ya se atreve a respirar hondo y vislumbrar el parecer político de este país, porque, sólo oficialmente, ha empezado esa campaña electoral tan rara, esta lucha encarnizada por un poder que aun siendo el mismo, parece entrañar oscuros propósitos, apocalípticas profecías, y otras determinantes cuestiones para el futuro. Para el futuro de todos, claro.
La verdad, reconozco no saber por dónde empezar a repartir mis regañinas, mis insultos, y sobre quién lanzar mis exabruptos. Los elogios nada tienen que ver con el enfado, y usted comprenderá que los reserve para otra ocasión. Así que, con la venia, procederé, con el único ánimo de ir quitando las mantas de la pereza, despejando el camino en una ciénaga infesta de intereses que nada tienen que ver con los intereses de la gente, me temo.
No me atrevo ya a proclamar un ingenuo Que empiece la fiesta!, porque sospecho que nada tiene que ver con aquel concepto que no sé cuánto tuvo de real, o cuánto tiene de romanticismo democrático, o léase juego limpio en torno a la idea.
Pero si a algo debemos apelar para inaugurar el ciclo de descargo electoral, es a la mala memoria patria, que convertida casi en virtud, una vez más entra en el juego, y como si en cuatro años hubieran ocurrido no pocas cosas, como si no hubiera sido un periodo eminentemente destructivo desde ciertas posiciones y para perjuicio de la sociedad, la convivencia y la capacidad crítica del electorado, y como si los abducidos hubieramos sido los demás, que conformábamos ese gran reducto de observadores que ni dimos, ni damos crédito a lo que vemos, oímos y advertimos a nuestro alrededor, se pasa página con impunidad y sin que nadie eche a la cara a nadie la hemeroteca afín, ya no digo la contraria.
Así que yo, sentado en la atalaya de la curva de la distribución normal, justo en el centro -como en casi todo-, y saludándole sonriente a usted, soy consciente de que a esta mi derecha, tengo a la mitad de la población -véase electorado-, lo cual indica que son menos capaces que yo, y que si avanzamos en esa dirección, algunos llegan a ser incapaces. Y son ellos los que me preocupan en este instante, porque como dijo Ortega, las ideas se tienen y sobre las creencias se está. Y aquí, quien más sabe de creencias, es Acebes.


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