
Me van a permitir ustedes la expresión, pero a mí esto me sigue pareciendo una puta barbaridad. Sin complejos. En cualquier caso, la foto está tomada de lejos, por si acaso, porque cerca dicen que te churruscaba el bigote y el de tus descendientes. Si llegaras a tenerlos.
Bueno, eso si no es un óleo pintado por encargo de alguno de esos malnacidos que votamos y pagamos para que nos representen y nos dirijan y nos hagan ese proceso de nacer, crecer, joderse y morir más llevadero, y que en realidad trabajan para que todos nos comamos otra heróica patraña y él pueda seguir sirviendo a los intereses de Dios, o de su puta madre, y tan campante, por encima del cadáver de todos nosotros. Dicho así, se puede quedar uno tan ancho, y vámonos a tomar unos vinos, que es la hora, pero me imagino la gracia torera que le hizo a cualquier Hiroshima o Nagashaki.
Y decía también que como de cerca la cosa quemaba, pues no habrá fotos de aquel infierno fugaz y febril, y por aquello, tampoco desayunamos cada día con la instantánea del horror, aquel o este, como vacuna progresiva para la siguiente dosis de infamia. Y en esto es viejo ya que los medios, y sus hilos, se antojan como pricipales trasmisores... El editor, el fotógrafo. El espectador.
Entonces, en casos como el de cualquier día; sea un atentado atroz, un avión que se estrella o un San Lorenzo a la parrilla, no falta la imagen donde se explicita qué y cómo, ni un Telecinco que se empeñe de darnos la tarde. Si fulanito de tal decide darse el dos, y se quema a lo bonzo, no se preocupe usted que para algunos no bastará con decirlo, que también te mostrará unas imágenes de videoaficionado donde se ilustre la azaña, como si los demás necesitaramos verlo para comprender la magnitud de ese horror; si se estrella un avión a la puerta de casa, y como había fotógrafos, contemplamos de cerca las consecuencias de un calor súbito y mortal que se nos sirve en primicia como ejemplo de audacia periodística y de talento comunicador. Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Una palabra puede crear más de mil imágenes, digo yo, parafraseando a algún tipo de esos libros raros de pensamiento y lenguaje que han hecho de mí este engendro.
El caso es que personalmente siento que no tengo necesidad de ver cómo llegan a las urgencias de los hospitales, y a los centros forenses, al IFEMA, o a donde sea, los heridos, quemados, los muertos o vivos, y que debo proteger mi prominente nariz de ascendencia judía y tedencia masónica de toda esa información morbosa y trivial para sacar mis propias conclusiones sobre unos hechos que por su impacto emocional en mí, me merecen el máximo de los respetos y la más absoluta de las discrecciones. Eso sin más ley de intimidad o información que la que me dicta estrictamente mi moral.
Así que, convencido de que ya a cierta edad si alguien debe protegerte de esos contenidos eres tú mismo, permítanme ustedes que ejerza mi legítimo derecho a la desinformación, y a la conservación de los jirones de inocencía que aún conservo, y déjenme que apague el televisor.
Gracias.


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